Un bebé volvió de sus primeras vacaciones familiares con algo más que fotos y arena en los pies.
Una semana después de jugar en un balneario, sus papás notaron que algo no estaba bien. Era otitis externa bacteriana, una infección que no aparece por el lugar donde el niño se divierte, sino por la humedad que se queda atrapada en su oído después de nadar. Cuando esa humedad no sale, la piel del conducto se ablanda, el cerumen pierde su función protectora y las bacterias encuentran el ambiente perfecto para multiplicarse.

El caso no fue grave y el pequeño se recupera bien con medicación, pero el susto sirve como recordatorio. Sécale siempre las orejitas después del agua, evita que le salpique de más y nunca lo sumerjas como harías con un adulto. Son detalles pequeños que evitan sustos grandes.
