Freddie Mercury pasó años ocultando un secreto. Supo en 1986 que era portador del VIH y, con la complicidad silenciosa de sus compañeros de Queen, lo guardó durante cuatro años mientras seguía llenando estadios.
El 23 de noviembre de 1991 rompió el silencio: un comunicado breve confirmó lo que muchos sospechaban, que tenía SIDA. Fue entonces cuando un paparazzi logró la imagen que el Daily Mirror publicaría poco después, la de un hombre irreconocible, consumido, lejísimos del ícono que conocía el mundo.

Menos de 24 horas después de ese anuncio, Mercury murió por una bronconeumonía derivada de la enfermedad. Tenía 45 años. Esa foto, tomada sin que él lo supiera, quedó como el último registro de un cuerpo que ya no podía sostener la leyenda.
