Tricycle no corre como los demás.
Le falta una pata, pero eso nunca lo detuvo en el santuario donde vive rodeado de otros animales rescatados. Ahí encontró algo que muchos perros con cuatro patas nunca tienen: una manada propia, amigos que reconoce, que huele, que espera todos los días.


Por eso, cuando alguno de ellos muere, Tricycle no actúa como si nada. Se queda quieto, se acerca al lugar donde estaba su compañero, y llora. Los cuidadores del santuario aseguran que su tristeza es tan visible como la de cualquier persona que despide a alguien querido. No hay entrenamiento que le haya enseñado eso: es puro instinto de fidelidad, la prueba de que el duelo también existe en quienes menos esperamos.


