Un lago no le alcanzó.
El jueves 27 de agosto de 2026, Donald Trump se sentó en el Despacho Oval, agarró un Sharpie y tachó a mano el nombre del lago Ontario. Encima escribió “Lake America”. Fue una orden ejecutiva de verdad, con validez para el uso federal de Estados Unidos, aunque Canadá —que comparte ese mismo lago con Nueva York— no tenga por qué llamarlo igual.

Y ahí, frente a las cámaras, Trump soltó la frase que resume el momento: “ahora todo lo que necesitamos es un océano”. Habló de renombrar el Atlántico, el Pacífico, o quizás los dos. Varios medios como Fox News aclararon que sonó más a ocurrencia que a plan formal, sin ninguna orden firmada al respecto. Pero el antecedente ya existe: en su primer día de gobierno había rebautizado el Golfo de México como “Golfo de América”.
Todo esto en medio de tensiones comerciales reales con Canadá, un país al que acusó de “aprovecharse” de Estados Unidos durante años. Mientras tanto, el mapa del mundo espera a ver cuánto más se le puede cambiar el nombre.
