Rosario tenía 22 años y estaba tomando una clase de vuelo normal, como tantas otras. Volaban sobre una zona rural cerca de Toledo, Córdoba, Argentina, aquel sábado 4 de julio. De repente, su instructor, Leandro Bertazzo, de 42 años, le dijo algo que no esperaba escuchar: “Ya sabés lo que tenés que hacer, seguí adelante”.

Se sacó los auriculares, se quitó el cinturón de seguridad, abrió la puerta del Cessna 150 y saltó al vacío desde 250 metros de altura. Sin explicación. Sin aviso previo. Rosario se quedó sola, en shock, con las manos en los controles de una avioneta que nunca había aterrizado sin ayuda. Lo logró. Aterrizó el avión sin un solo rasguño en la aeronave, mientras la fiscalía federal de Córdoba busca entender qué llevó a un piloto con una década de experiencia a tomar esa decisión en el aire y que finalmente causó su muerte.

Sus colegas de la escuela Flying Parrot todavía no encuentran una respuesta.

