Becky Jones tenía 21 años cuando un médico le dijo que le quedaban meses de vida.

Acababa de conocer a Pete, soñaba con entrar a la policía y trabajaba como operadora de cámaras en el estadio del Coventry City. El profesor Ian Brown, del Hospital Universitario de Coventry, le diagnosticó un glioblastoma de grado cuatro antes incluso de tener los resultados de la biopsia. Le recetó quimioterapia de por vida. Ella la tomó durante 11 años: náuseas constantes, úlceras bucales, fatiga que la dejaba sin poder salir a comer con Pete ni asistir a reuniones familiares. Le dijeron que jamás sería madre. Tuvo dos hijos, a los que el propio médico llamó “milagros”.

En 2024 una llamada telefónica le avisó, sin explicación, que su tratamiento se suspendía. Brown se había jubilado. En mayo de 2025, neurocirujanos independientes le confirmaron lo que nadie había cuestionado en más de una década: nunca tuvo cáncer, sino una inflamación cerebral tratable con esteroides.
Hoy, a sus 34 años, Becky Jones es una de más de 40 pacientes que demandan al hospital. “Básicamente, me ha arruinado la vida”, dijo.
