Glenn Perkins, un exbombero de 55 años que sufría de alcoholismo, falleció tras años de ordenar bebidas a domicilio mediante aplicaciones como Uber Eats.

Su hija, Connie, sostiene que la facilidad de recibir alcohol en la puerta de su casa aceleró su deterioro físico y mental: “Si no fuera por Uber Eats, creo que mi papá seguiría aquí”, confesó.


Según el reporte, Glenn gastaba hasta 77 dólares al día en pedidos, incluso en sus peores momentos de salud.


La empresa ha respondido reforzando sus protocolos: ahora, los repartidores deben verificar identidad y realizar controles de sobriedad obligatorios, además de permitir bloqueos de cuenta. Aun así, el debate sigue abierto. ¿Es responsabilidad de las plataformas de delivery cuidar la salud de sus usuarios o el límite lo debe poner únicamente el consumidor?

