Un arañazo de su perro parecía inofensivo, pero una bacteria casi lo mata por septicemia y terminó perdiendo sus piernas y parte de la cara

Por Carlos Valencia
8 October, 2026

Jaco Nel jugaba con su perro Harvey cuando notó un arañazo en la mano. Era un médico de 50 años: limpió la herida, la desinfectó y siguió con su día.

Dos semanas después, la confusión lo dejó desorientado. Ni siquiera escuchó el teléfono cuando lo buscaban del trabajo. Esa noche su pareja lo encontró en un estado terrible y llamó a emergencias. Los paramédicos lo supieron al instante: era septicemia, una sobrerreacción del sistema inmunológico ante una infección. La causa era una bacteria presente en la saliva de su cocker spaniel.

La infección interfirió con la coagulación de su sangre. Los riñones empezaron a fallar y sus piernas se tornaron negras por el avance de la gangrena. Estuvo en coma entre cuatro y cinco días, y al despertar tenía el cuerpo oscurecido: cara, manos y piernas. Pasó dos meses en diálisis. Cuatro meses después le amputaron ambas piernas por debajo de la rodilla; perdió todos los dedos de la mano derecha y uno de la izquierda, además de la punta de la nariz. Sus labios quedaron con cicatrices, y hasta hoy le cuesta hablar y comer.

Tres meses después de la operación volvió a caminar sin ayuda. Su decisión más dolorosa llegó al final: tuvo que sacrificar a Harvey para evitar que infectara a alguien más.

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