El golpe fue seco y silencioso: un auto pasó por una carretera de Kibworth Beauchamp, en Leicestershire, Inglaterra, y dejó a una diminuta ave tirada en el asfalto, incapaz de moverse.
Una pareja la encontró aturdida y la llevó de inmediato al Leicestershire Wildlife Hospital. Era una curruca zarcera, un ave migratoria que cada verano cruza desde África hasta Europa y que hoy figura en la lista ámbar por su población en declive. El golpe no le rompió los huesos, pero sí algo igual de vital: sus nervios o ligamentos quedaron dañados, y sus diminutos dedos se curvaron hacia adentro, sin fuerza para sostenerse en ninguna rama.

Amy Blower, líder del equipo de cuidado animal, y su equipo no se rindieron. Cortaron cartón, sumaron algodón como amortiguación y lo fijaron todo con cinta médica hasta armar un calzado diminuto, hecho a mano, para mantener sus patas en la posición correcta mientras sanaban. Ya habían usado esta técnica antes, aunque casi siempre en crías con problemas nutricionales, nunca en un adulto tras un accidente así.

Días después de esas sandalias improvisadas, el ave volvió a sostenerse en pie. Pronto le quitarán las vendas para que retome, sin escalas, el vuelo que la trajo desde África.
