A varios metros de profundidad, una cuerda abandonada había atrapado a un tiburón.
Emilio Mignoli se acercó despacio, con el tanque a la espalda y el aire contando. Un animal de ese tamaño, atrapado y asustado, no es un animal fácil de rescatar: un movimiento brusco puede terminar en mordida o en más nudos. Aun así, el buzo fue soltando la cuerda hasta que el tiburón quedó libre y se perdió en el mar abierto.


Lo que vino después es lo que vuelve esta historia casi imposible de creer. Según contó el propio buzo, ese mismo día rescató a un segundo tiburón atrapado de la misma manera. Dos animales, dos cuerdas, una sola jornada de buceo.
Mientras el mar sigue acumulando cuerdas y redes perdidas, hay quien baja con un cuchillo y paciencia a deshacer el daño. ¿Cuántos más habrá que nadie llega a ver?


