Durante 45 años, la Unión Soviética contó la misma historia: Laika había sobrevivido varios días en órbita y murió sin dolor. Millones lo creyeron.


En octubre de 2002, en un congreso científico en Houston, el investigador Dimitri Malashenkov —quien había trabajado en el proyecto Sputnik 2— presentó una ponencia con un título discreto que escondía la verdad completa. La telemetría real mostraba que el pulso y la respiración de Laika se perdieron entre la quinta y la séptima hora de vuelo. Un fallo en el aislamiento térmico había disparado la temperatura de la cabina hasta los 40 grados. No murió dormida ni en paz: murió de calor, sola, mientras el mundo celebraba el primer ser vivo en órbita.
Años antes, en 1989, el científico Oleg Gazenko ya había dicho que lamentaba lo hecho. Laika era una perra callejera de Moscú. No decidió nada. Solo confió, como confían todos los perros, en las manos que la subieron a esa cápsula sin salida.

