
Sor Consuelo Peset tiene 54 años y, antes de rezar o desayunar, revisa jaulas.
En el Convento de San Antonio de Padua, en Toledo, ella y otras hermanas de una comunidad de once monjas de clausura cuidan a más de 30 conejos gigantes españoles, una raza que puede pesar hasta 9 kilos y que casi nadie recuerda hoy. Pero durante la Guerra Civil y la posguerra, este animal alimentó a miles de familias y orfanatos en toda España cuando no había casi nada más que comer.


Lo que empezó hace tres décadas, alrededor de 1996, como un regalo de sus padres —una simple pareja de conejos— terminó convirtiéndose, hace unos diez años, en un proyecto dedicado a evitar que esta raza desaparezca. Los animales forman parte de una granja de conservación con microchips, control genético junto a la Universidad Complutense y jaulas refrigeradas, porque sufren si el termómetro pasa de 26 grados. Aun así, la burocracia les impide vender los ejemplares: solo pueden donarlos. “Estamos olvidando nuestra historia”, dice sor Consuelo, mientras la comunidad se sostiene vendiendo dulces artesanales en la tienda del convento.

