Chrissy Steltz tenía 16 años cuando un disparo accidental de escopeta le arrebató los ojos, la nariz y gran parte del centro del rostro.

Corría marzo de 1999 y estaba en una fiesta en su casa, en Oregón, cuando alguien encontró un arma bajo el sofá y empezó a jugar con ella. Estuvo seis semanas hospitalizada.

Quedó ciega, aprendió braille y a moverse con bastón, y durante once años cubrió las lesiones con una máscara negra de dormir.

En julio de 2009 nació su hijo, y entonces el deseo cambió: quería que creciera conociendo a su mamá con un rostro de apariencia normal. En 2010, a los 27 años, un equipo médico le hizo una prótesis de silicona a partir de fotos suyas a los 16, envejecidas para reflejar su edad actual, con ojos azules del mismo tono que los originales.

Se fija con pequeños imanes a implantes en los huesos del rostro.

“Sentí que todos volvían a verme”, dijo. La prótesis no le devolvió la vista, pero sí la posibilidad de salir sin la máscara.

