Bryon Widner tenía el rostro cubierto de símbolos que contaban una historia de violencia: una navaja ensangrentada, la palabra “HATE” tatuada en los nudillos, marcas que ningún empleador ni desconocido podía ignorar.

Julie, su esposa, temía que terminara desfigurándose él mismo. Widner llegó a investigar ácidos caseros porque no tenían dinero ni seguro médico para una cirugía que casi ningún doctor se atrevía a hacer. Una donante anónima terminó pagando cerca de 35.000 dólares para que el doctor Bruce Shack, de la Universidad Vanderbilt en Nashville, intentara borrarle la cara con láser.

El proceso fue tan doloroso que tuvieron que dormirlo con anestesia general en cada sesión. Su piel se hinchaba como la de un boxeador golpeado, con quemaduras que tardaban días en sanar. Veinticinco cirugías después, en octubre de 2010, su rostro quedó limpio. Todavía le quedan dolores de cabeza, daño en la piel del cuello y las manos, y noches en las que se pregunta cuánto daño causó antes de decidir dejarlo todo atrás.

