Volaba tranquilo por el hotel, como si conociera cada rincón del lugar. Pero algo salió mal: el flamenco no calculó la distancia y chocó de lleno contra el puente que cruzaba la piscina.

El golpe lo tiró directo al agua, frente a huéspedes que se quedaron mirando sin saber si reír, preocuparse o simplemente no creerlo. Por unos segundos nadie dijo nada. Solo miraban.
Entonces el ave, sin ninguna prisa, empezó a nadar hasta la orilla y salió caminando como si acabara de hacer exactamente lo que tenía planeado. Ni un aleteo de más, ni una señal de susto. Como si chocar contra un puente fuera parte de su rutina de todos los días.
