Hikmet Kaya tenía una tierra seca frente a él y una decisión por tomar.
Corría 1978 en la provincia de Sinop, al norte de Turquía, cerca del Mar Negro. Kaya, entonces jefe de gestión forestal, empezó a plantar árboles jóvenes junto a su equipo y a los aldeanos de la zona. No fue un gesto simbólico: según Cultura Inquieta, el proceso duró 19 años y él nunca dejó de trabajar durante ese tiempo. La cifra final ronda los 30 millones de árboles.

Los años pasaron, Kaya se jubiló y los árboles siguieron creciendo sin él. Cuando volvió con una fotografía del antes y el después, el paisaje que encontró ya no se parecía al de la imagen vieja: la tierra lucía exuberante. “Tuvimos éxito en este trabajo al cooperar muy bien con los aldeanos”, dijo, y añadió que hoy el distrito tiene más recursos forestales que entonces y que la sensación es muy buena.

El contraste pesa más con un dato de Global Forest Watch: desde el año 2000, Turquía ha perdido un 5,4 % de su cubierta arbórea. Mientras tanto, en Sinop, un hombre y su comunidad hicieron lo contrario.

