Andrew McDougall de unos 30 años iba manejando por Dundee, Escocia, cuando sintió venir un estornudo.
Lo hizo como lo hace casi todo el mundo alguna vez: se tapó la nariz, cerró la boca y aguantó. Segundos después sentía un dolor agudo en el cuello. En el hospital Ninewells, los médicos lo revisaron y al tocarle la garganta escucharon algo que no debería escucharse: un crujido bajo la piel. Las imágenes confirmaron lo que ese sonido anunciaba: un desgarro de 2 milímetros en la tráquea.

Según el equipo de la Universidad de Dundee, que documentó el caso en BMJ Case Reports, cerrar la nariz y la boca durante un estornudo puede multiplicar la presión en las vías respiratorias hasta 20 veces, suficiente para reventar un tímpano, romper una costilla o, como en este caso, perforar la garganta desde adentro. El paciente, que ya tenía antecedentes de alergias, no necesitó cirugía, quedó en observación 48 horas, con antiinflamatorios y antihistamínicos, y cinco semanas después el desgarro había cerrado por completo.

El doctor Rasads Misirovs, autor principal del estudio, fue directo: el estornudo es una defensa natural del cuerpo y hay que dejarlo salir, cubriéndose con el codo, nunca sellando nariz y boca al mismo tiempo.

