El hombre solo quería un cachorro. Entró al refugio con esa idea fija y salió con dos.

Apenas lo eligieron, el perrito no corrió hacia la puerta como suelen hacer los cachorros ansiosos por salir. Tiró para el otro lado. Lo llevó directo a una jaula en el fondo, donde esperaba una perra mayor, con la mirada cansada de quien ya perdió la esperanza de que alguien la mirara dos veces.

Era su madre. El cachorro no pensaba irse sin ella.

El hombre entendió el mensaje sin necesidad de traducción. Firmó los papeles de las dos y se fue con una familia completa, no con una mascota. A veces el amor más honesto no lo decide un humano — lo decide un perro de pocos meses que no sabe de trámites, pero sí sabe de lealtad.
