Un lago africano puede convertir en piedra a objetos al igual que los faraones embalsamaban a sus muertos

Por Aracely Molina
25 June, 2026

El lago Natron, en el norte de Tanzania, tiene un pH de hasta 10,5, comparable al del amoníaco, temperatura que roza los 60 °C según registros de la NASA y una profundidad que rara vez supera el medio metro. Sus aguas, de color rojizo por las cianobacterias que proliferan en ellas, no desembocan en ningún río ni en el mar: el sistema es endorreico, lo que concentra año tras año el mismo cóctel de carbonato de sodio y calcio que bajan desde el volcán Ol Doinyo Lengai a través de manantiales termales.

El carbonato de sodio no es un elemento desconocido. Es exactamente el mismo compuesto que los antiguos egipcios llamaban natrón y usaban para embalsamar a sus faraones. Cuando un ave o un murciélago muere en las orillas del lago, ese mineral impregna el tejido y lo calcifica. El fotógrafo Nick Brandt documentó el fenómeno en 2013 para su libro ‘Across the Ravaged Land’ y las imágenes dieron la vuelta al mundo: aves con las alas desplegadas, murciélagos aferrados a ramas, todos convertidos en esculturas blancas. Nadie sabe con certeza cómo mueren.

La paradoja más desconcertante es esta: ese mismo lago letal alberga el principal centro reproductor del flamenco enano del mundo. El 75 % de toda la población global de la especie eclosiona aquí, entre 1,5 y 2,5 millones de aves solo en África Oriental. La razón es brutal en su lógica: ningún depredador se atreve a entrar. Un lugar que mata a casi todo lo que toca resulta ser, para quien sí puede tolerarlo, el refugio más seguro del planeta.

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