
El lago Natron, en el norte de Tanzania, tiene un pH de hasta 10,5, comparable al del amoníaco, temperatura que roza los 60 °C según registros de la NASA y una profundidad que rara vez supera el medio metro. Sus aguas, de color rojizo por las cianobacterias que proliferan en ellas, no desembocan en ningún río ni en el mar: el sistema es endorreico, lo que concentra año tras año el mismo cóctel de carbonato de sodio y calcio que bajan desde el volcán Ol Doinyo Lengai a través de manantiales termales.
El carbonato de sodio no es un elemento desconocido. Es exactamente el mismo compuesto que los antiguos egipcios llamaban natrón y usaban para embalsamar a sus faraones. Cuando un ave o un murciélago muere en las orillas del lago, ese mineral impregna el tejido y lo calcifica. El fotógrafo Nick Brandt documentó el fenómeno en 2013 para su libro ‘Across the Ravaged Land’ y las imágenes dieron la vuelta al mundo: aves con las alas desplegadas, murciélagos aferrados a ramas, todos convertidos en esculturas blancas. Nadie sabe con certeza cómo mueren.
La paradoja más desconcertante es esta: ese mismo lago letal alberga el principal centro reproductor del flamenco enano del mundo. El 75 % de toda la población global de la especie eclosiona aquí, entre 1,5 y 2,5 millones de aves solo en África Oriental. La razón es brutal en su lógica: ningún depredador se atreve a entrar. Un lugar que mata a casi todo lo que toca resulta ser, para quien sí puede tolerarlo, el refugio más seguro del planeta.
