

Keylor y Keiler nacieron a los seis meses de gestación, tan frágiles que el médico le dijo a su padre, Jairo Palomino: “Puede que se salven o puede que no”. Jairo, con la fe intacta, solo respondió que si Dios se los había mandado, sería por algo.
Keylor sobrevivió mes y medio internado, pero a los tres años llegó otro golpe: le diagnosticaron parálisis cerebral y los médicos dijeron que jamás caminaría solo. En Barranquilla, sin trabajo fijo y con Jairo manejando mototaxi para sostener a la familia, construyeron con sus propias manos un pequeño espacio de terapia en el patio de la casa.
Ahí es donde Keiler, su mellizo, se convirtió en su motor. Lo sostiene, lo aplaude, le repite que puede en cada intento. Keylor ya avanza y sueña con conocer algún día a Luis Díaz y Richard Ríos, sus ídolos de la Selección Colombia.
