Gracie nació sin patas delanteras y eso bastó para que la abandonaran frente a un veterinario en Georgia, Estados Unidos, cubierta de gusanos y al borde de la muerte.

El refugio Mostly Mutts la recibió cuando era apenas una bebé y le salvó la vida, pero moverse seguía siendo un problema imposible de resolver con dinero. Las sillas de ruedas para perros son carísimas y ninguna se ajustaba a un cuerpo tan pequeño. Ahí apareció Dylan, un voluntario de apenas 12 años, que miró las piezas de Lego de su casa y pensó que quizás podían servir. Armó, ajustó y volvió a armar hasta lograr una estructura que se adaptaba a Gracie y crecía con ella.

Le tomó un par de semanas acostumbrarse, pero después corría, jugaba y exploraba como cualquier otro perro. Cuando terminó de crecer, la familia Turney le hizo una silla definitiva. Hoy vive en una granja, feliz, rodeada de otros perros, gracias a un niño que decidió que un cachorro discapacitado merecía otra oportunidad.

