Lo que ocurrió en Zhangye, al noroeste de China, es la definición exacta de una pesadilla hecha realidad.


Un niño de apenas tres años, movido por el instinto primario de huir de lo que más temía, una inyección médica, logró lo impensable: salir por una ventana y terminar atrapado en una estrecha cornisa del tercer piso, a más de 10 metros del suelo.
El pequeño, vestido únicamente con su pañal y una camiseta, quedó suspendido en el aire, sujetándose desesperadamente de un cable metálico mientras sus pies apenas rozaban el borde de la pared.
Abajo, los testigos gritaban de horror, sabiendo que un solo segundo de fatiga en sus brazos significaría una caída fatal.


Un oficial de policía y un comerciante local, identificado como Wang Duohong, salieron desde la ventana superior. Con una precisión milimétrica y los nervios de acero, lograron estirarse hasta alcanzar los frágiles brazos del niño.
A pesar de la altura y el tiempo que pasó colgando, el niño resultó completamente ileso.
