Priscilla Morse vio la foto en su feed de Facebook en 2014: un niño llamado Ryan, con parálisis cerebral, microcefalia y escoliosis, publicada por una organización de adopción en Bulgaria. Algo en esa imagen no la dejó tranquila.


Viajó hasta allá en noviembre de 2015. Cuando finalmente tuvo a Ryan en brazos, tenía siete años y pesaba solo 3,6 kilos, lo mismo que un recién nacido. Apenas aterrizaron en Tennessee, lo llevaron directo al Vanderbilt Children’s Hospital, donde le colocaron una sonda de alimentación.


Un año después, Ryan había triplicado su peso. Priscilla y su esposo David ya habían adoptado antes a McKenzie, una niña con síndrome de Down, y más tarde sumarían a Gigi, desde Ucrania. “Todos merecen una familia”, dijo Priscilla. Para ella, ningún niño con necesidades especiales debería quedar descartado solo porque el camino sea difícil.


