Tenía 7 años cuando quedó solo.
En Nersac, un pueblo del suroeste de Francia, un niño se despertaba cada mañana en un departamento sin calefacción ni agua caliente, se abrigaba con varios edredones y salía rumbo a la escuela como cualquier otro día. Comía lo que encontraba: latas, galletas, pastel, y tomates que tomaba del balcón de un vecino. Su madre, Alexandra, de 39 años, se había mudado a 5 kilómetros para vivir con su nueva pareja y apenas pasaba a dejarle algo de comida de vez en cuando.

Nadie sospechó nada durante casi dos años. Sus maestros lo describían como un alumno ejemplar, siempre limpio y bien vestido. Fue un vecino quien notó que ese chico entraba y salía solo de su casa, y dio aviso a la policía. Los registros del teléfono de la madre confirmaron lo que parecía imposible: no dormía ahí, no lo acompañaba a la escuela, casi no existía en su propia vida.

En enero de 2024 la justicia francesa la condenó a 18 meses de prisión. El niño, ahora en una familia de acogida, no quiere volver a verla.
