En 1992, un equipo de arqueólogos desenterró un objeto de madera en el fuerte romano de Vindolanda, en el norte de Inglaterra. Lo guardaron en el catálogo del museo con una etiqueta simple: herramienta para zurcir. Ahí quedó, casi treinta años, sin que nadie volviera a mirarlo con atención.

Todo cambió cuando equipos de la Universidad de Newcastle y del University College Dublin decidieron reexaminarlo. Medía 16 centímetros, y probablemente fue más largo antes de que la madera antigua se encogiera y deformara con el tiempo. La forma no dejaba dudas: era un falo. Y no cualquiera, sino el único ejemplo de un falo de madera independiente jamás recuperado de todo el mundo romano, porque una pieza así rara vez sobrevive intacta dos milenios.

Los investigadores no logran cerrar el misterio. Podría haber sido un objeto sexual, un mortero para molde de alimentos o medicina, o parte de una estatua que la gente tocaba para tener suerte. Sus bordes están pulidos, gastados de tanto pasar de mano en mano. Lo único seguro es que alguien, hace casi 2.000 años, lo usó tanto que dejó su huella en la madera para siempre.

