Tamíris lo vio primero, escondido junto a la puerta de la iglesia.
En vez de pedir que lo sacaran, susurró algo que nadie esperaba: que se quedara. El perro, sin dueño y con el cuerpo marcado por la calle, se quedó ahí durante toda la ceremonia, quieto, como si supiera que ese día también era importante para él. Cuando Douglas y Tamíris salieron convertidos en marido y mujer, el perro corrió hacia ellos moviendo la cola, y esa fue toda la respuesta que necesitaron.


Lo llamaron Caramelo de Jesus y lo llevaron a casa esa misma noche, sin pensarlo dos veces. Hoy, cuatro años después, Caramelo sigue ahí: corre, juega y llena de vida cada rincón del hogar que casi no encuentra. No solo lo adoptaron a él — él también los adoptó a ellos.
