Casey James Fury, de 25 años, trabajaba como pintor civil en el astillero naval de Portsmouth, en Kittery, Estados Unidos. El 23 de mayo de 2012 sintió un ataque de ansiedad y ya no tenía días libres disponibles. Su solución fue prender fuego a una bolsa de trapos dentro del submarino nuclear USS Miami, pensando que así lo enviarían a casa.

El plan se convirtió en una pesadilla. El fuego se transformó en un infierno que expulsaba humo sobrecalentado por las escotillas. Más de 100 bomberos lucharon durante 12 horas para salvar la nave, y siete personas resultaron heridas. Los daños llegaron a los 450 millones de dólares.

Tres semanas después, mientras el submarino seguía dañado, Fury encendió un segundo incendio por la misma razón. Los fiscales usaron ese detalle en su contra. Para ellos, probaba que no midió las consecuencias ni aprendió del primer desastre. La defensa insistió en que su cliente nunca quiso lastimar a nadie, solo escapar de su propia ansiedad. Un tribunal lo condenó a 17 años de prisión y a pagar 400 millones de dólares en restitución. El futuro del USS Miami, mientras tanto, sigue sin definirse.

