
Mark Horsley llevaba 30 años como policía cuando aceptó el encargo más extraño de su carrera.
En 2015, Vancouver acumulaba ataques y robos contra personas en silla de ruedas: entre enero de 2014 y junio de 2015 se habían reportado 28 incidentes violentos, y más de la mitad ocurrían en el Downtown Eastside. Así que Horsley se subió a una silla motorizada, dijo tener una lesión cerebral y salió a recorrer el barrio con una riñonera a la vista y algo de dinero, esperando que alguien intentara aprovecharse.

Nadie lo hizo. Un joven le cerró el cierre de la riñonera y le advirtió que tuviera cuidado. Quienes le pedían cambio le devolvían la cantidad exacta. Un hombre le pidió permiso para rezar por su sanación, y otro le contó lo difícil que era cuidar de su propia madre en silla de ruedas. Hubo incluso quien le dio dinero sin tener mucho para sí mismo.
Al cabo de cinco días no hubo un solo arresto, pero Horsley volvió con más de 300 encuentros y con unos 24 dólares más de los que tenía al empezar. “Esta comunidad tiene alma”, dijo.
