Primero metió los brazos y la cabeza.
Las cámaras de la comisaría de Florianópolis, en el estado brasileño de Santa Catarina, grabaron cada segundo. El hombre había sido detenido por acusaciones de violencia doméstica y estaba encerrado en una celda cuyo único espacio libre era la pequeña abertura por donde se pasan los platos de comida. El preso, sin pensarlo mucho, metió la cabeza, giró los hombros, se retorció una y otra vez hasta sacar todo el torso al otro lado. Después subió las piernas, una a una, y se arrastró hasta quedar libre.


No corrió de inmediato. Primero recogió sus zapatos, con una calma que contrasta con la hazaña, y recién entonces salió de la habitación. La escena parece sacada de una película, pero ocurrió en una dependencia policial real, con agentes que tenían bajo su custodia a un acusado de agredir a su pareja.


La policía lanzó una búsqueda y logró recapturarlo. Los oficiales cerraron la celda y ordenaron modificarla para que nadie más pueda repetirlo. ¿Cuántos fallos tuvo que haber para que alguien acusado de violencia doméstica saliera caminando de una comisaría?
