Michael O’Leary fue a cenar y terminó pagando el precio de su propia fama.
El restaurante, en Irlanda, le sumó a la cuenta €7,95 por “espacio extra para las piernas”, €9,95 por “asiento prioritario” y €19,95 por una “zona silenciosa”. En total, €37,85 de cargos que sonaban sospechosamente parecidos a las tarifas que Ryanair, la aerolínea que O’Leary dirige desde hace más de dos décadas, cobra a sus pasajeros por casi cualquier cosa.

La cuenta era una broma y esos cargos nunca se los cobraron de verdad. Pero O’Leary no se ofendió: se rió, se sacó una foto con el personal del lugar y dejó una propina generosa antes de irse. El hombre que convirtió el low cost en un arte supo reconocer, al menos por una noche, cuando el chiste estaba bien jugado en su contra.

