
Taka llegó a la clínica todavía humeante.
Tenía 8 años y acababa de escapar de su casa en llamas en Georgia, en octubre de 2018. La veterinaria Chrystal Lesley, que lo recibió esa noche en Augusta, diría después que fue el peor caso de quemaduras que vio en toda su carrera. Diecisiete especialistas de un centro de quemados trabajaron en su cabeza, su espalda y hasta en sus párpados para que no perdiera la vista.

Algunos recomendaron dormirlo. Lesley se negó. Lo cuidó, lo trató durante meses y, cuando por fin sanó, decidió quedárselo para siempre.
Lo que nadie esperaba es que ese cuerpo lleno de cicatrices terminaría consolando a otros. Una enfermera vio en Taka algo especial y sugirió que visitara a pacientes quemados. Hoy, convertido en perro de terapia certificado, entra a los hospitales y se recuesta junto a niños que atraviesan lo mismo que él sufrió: les recuerda, sin decir una palabra, que el dolor y la adversidad se pueden superar.


