
Lawrence Silk tenía 84 años cuando una guerra que nunca terminó de salir de su cabeza volvió a apoderarse de sus noches.
Había servido tres años en el Escuadrón de Ingeniería de la Fuerza Aérea durante Vietnam y desarrolló una demencia avanzada. Su mente lo devolvía ahí cada noche. Repetía que tenía que volver, que el Pentágono necesitaba su rifle y su uniforme. Su hija Julie veía cómo el miedo lo consumía y no encontraba manera de traerlo de vuelta al presente. Junto a su esposo Kenny Dunn, tuvo una idea que ningún médico les había sugerido: buscar a alguien de su mismo escuadrón, alguien que hablara su mismo idioma de guerra para poder sacarlo de ella.

Publicaron el pedido en Facebook, con la esperanza de que algún veterano en actividad o retirado aceptara vestir el uniforme y visitarlo. La respuesta llegó del teniente coronel Andy LaFrazia, quien se presentó ante Lawrence y le dijo las palabras que había estado esperando escuchar durante décadas: su servicio ya había terminado. No hizo falta un hospital ni un tratamiento nuevo. Bastó un hombre, un uniforme y una frase para que, por un momento, la guerra por fin lo dejara descansar.
