Al principio pensó que era un juego.
Una buceadora en la Polinesia Francesa grababa a un grupo de delfines cuando distinguió a una madre nadando junto a su cría. Se acercó con la cámara esperando ternura. Lo que capturó fue otra cosa: la cría había nacido muerta, y la madre no dejaba de empujarla hacia la superficie, una y otra vez, como si el oxígeno pudiera devolverle el aliento. Si escuchas con atención, se oyen sus llamados, un sonido que no necesita traducción para entenderse como dolor.


No es un caso aislado. En Grecia, en Australia, en Florida, científicos han documentado a delfines cargando el cuerpo de sus crías durante días, negándose a soltarlas. La neurocientífica Lori Marino lo llama duelo genuino, no instinto vacío. Los delfines sienten la ausencia igual que nosotros: con la esperanza intacta de que, si insisten un poco más, quien se fue va a responder.
