El niño tenía un año y medio y vivía en un barrio marginal de una ciudad. Un día se cayó de la cama y se hizo una herida pequeña en el párpado superior izquierdo. Nada que pareciera grave.

Seis días después, el párpado estaba hinchado, le picaba y soltaba una secreción con sangre y mal olor. Entonces los padres vieron algo que no esperaban: estructuras diminutas, de color blanco amarillento, que se movían sobre la herida.

En el hospital, los médicos encontraron una úlcera de unos 3 centímetros entre la ceja y el párpado, con los bordes inflamados y endurecidos. Las larvas se desplazaban libremente por una abertura de la lesión, y el edema era tan grande que ni siquiera pudieron examinar el ojo con detalle.


Durante cinco días las retiraron una por una, con pinzas, tras inmovilizarlas con anestésico local. En total sacaron 35. Un entomólogo las identificó: eran larvas de mosca de la carne, una especie que suele atacar a ovejas y rara vez a personas.
