En Chubut, Argentina, la jueza Ivana Wolansky firmó algo que nadie había firmado antes.
Un niño de dos años, una madre que trabaja, y una abuela que todos los días —sin feriados, sin excusas— se hace cargo de los horarios, las comidas, las tareas invisibles que sostienen una casa. El padre ofrecía pagar el 20% de sus ingresos como cuota alimentaria. La jueza dijo que no alcanzaba y la subió al 30%.

¿La razón? Consideró que ese cuidado diario de la abuela tiene un valor económico real, aunque se dé puertas adentro de la familia. No es que le paguen a ella directamente: es que su trabajo entró en la cuenta.

El fallo se apoya en un derecho humano reconocido por la Corte Interamericana y todavía no quedó firme, pero ya marcó un antes y un después en cómo la Justicia argentina mira el amor que también es trabajo.
