

Owen tenía apenas unos meses cuando el mar se lo arrebató todo.
El 26 de diciembre de 2004, el tsunami del Océano Índico separó a este hipopótamo bebé de su manada en la costa de Kenia. Lo encontraron solo, asustado, varado entre los escombros de un desastre que mató a cientos de miles de personas. Lo llevaron a Haller Park, un santuario en Mombasa, esperando que se recuperara junto a otros hipopótamos.
Pero Owen no eligió a los suyos. Eligió a Mzee, una tortuga gigante de Aldabra con más de 100 años, porque su caparazón oscuro y enorme le recordaba a un hipopótamo adulto. Al principio Mzee lo rechazó, giraba la cabeza y siseaba para alejarlo. Owen no se rindió. Durmió con la cabeza apoyada en su caparazón, lo siguió a todas partes y nunca se despegó de su lado.

Los cuidadores creyeron que era pasajero. Duró años. Comían juntos, descansaban juntos y se hicieron compañía durante una etapa en la que Owen había quedado completamente solo. Durante ese tiempo, el pequeño hipopótamo y la anciana tortuga se convirtieron en uno de los vínculos entre especies más documentados de la historia.
En 2006, Owen comenzó a relacionarse con Cleo, otra hipopótamo, y finalmente fue separado de Mzee. Sus caminos tomaron rumbos distintos, pero durante años, cuando Owen necesitó compañía, Mzee estuvo a su lado. Y aquella amistad improbable quedó para siempre como el recuerdo de dos animales que se encontraron cuando más se necesitaban.

