Mike Wells era un fotógrafo independiente que trabajaba para la organización británica Save the Children documentando la realidad en Suazilandia —actual Esuatini— y Malawi. Fue entonces cuando un pequeño cambio en su itinerario cambió por completo al mundo.

Mike decidió visitar Uganda y el 1 de abril de 1980, encontró a un grupo de misioneros conocidos como los Padres de Verona repartiendo entre la población el poco grano que les quedaba. Una sequía había arrasado las cosechas dos años antes en el país, pero el gobierno de Idi Amin nunca respondió. Cuando su régimen cayó en 1979, las armas quedaron sueltas, los robos de ganado y la violencia aumentaron y el hambre terminó de cerrar el cerco.
En ese momento, un monje le señaló a un niño ugandés de unos cuatro años y puso su mano junto a la suya. Wells se sobrecogió tanto con la escena que disparó la cámara sin pensar en el encuadre. No hubo tiempo para eso.

La mano del niño, tan pequeña y tan quebrada, casi no parecía humana. Esa fue la frase que después usaría todo el mundo para describirla.
La revista que la recibió la guardó cinco meses antes de publicarla. Después la inscribió, sin avisarle a Wells, en el World Press Photo. Ganó el premio del año en 1981.

Aunque la foto causó un enorme impacto y ayudó a mostrar al mundo la devastadora realidad de la hambruna, Wells nunca quiso ese premio. Admitió sentirse avergonzado: no le parecía correcto ganar premios gracias a fotografías de personas muriendo de hambre.
Era aprovecharse del sufrimiento.
