

Alguien la llamó por su nombre desde la orilla del camino.
Wanja Mwaura caminaba hacia un mercado en Lower Kabete, Kenia. Cuando miró al hombre que la había detenido, no supo quién era. Tardó unos segundos en entender que ese rostro demacrado era el de Patrick “Hinga” Wanjiru, su compañero de escuela desde 1992. En aquellos años había sido un buen alumno y un futbolista talentoso. Ahora llevaba más de una década viviendo en la calle, atrapado por las drogas, mientras su madre apenas lograba alimentarlo y los vecinos lo señalaban al pasar.

Wanja es enfermera. Sabía exactamente lo que la mayoría hace en ese momento: acelerar el paso y fingir que no ven nada. Sin embargo, ella se detuvo y se quedó a conversar con él. Ese gesto, tan simple, fue el principio de todo. Empezó a reunir dinero entre sus conocidos para pagarle un tratamiento y, con el apoyo de la comunidad, Hinga ingresó a rehabilitación. El cambio fue tan drástico que las fotos del antes y el después parecían las de dos personas distintas: recuperó su peso y volvió a ser capaz de sostener una conversación fluida.

Pero la historia no tuvo un final de película. Hinga tuvo una recaída tiempo después, y Wanja siguió pidiéndole a la gente que no lo juzgara con dureza. Falleció en marzo de 2019 por complicaciones estomacales. Pero entre la calle y esa despedida, hubo años en los que alguien lo vio como lo que siempre fue: una persona que valía la pena rescatar.
