
Clarissa Street tenía 24 años y acababa de graduarse de sociología en la Universidad de Manchester.
Una noche de agosto de 2024 se desmayó y su novio llamó a una ambulancia. En el Royal Oldham Hospital, en Reino Unido, un paramédico dijo que ella estaba “exagerando” y sufriendo un ataque de pánico. La enfermera de triaje, Michelle Neale, le colocó una mascarilla de oxígeno para que “regulara su respiración” — pero nunca la conectó a ninguna fuente de oxígeno.


Clarissa quedó más de una hora en un pasillo del hospital con el pulso disparado y la saturación de oxígeno cayendo, mientras la mascarilla no hacía absolutamente nada. Una enfermera más experimentada decidió simplemente observarla sina darle mayor atención solo porque era “joven”. Horas después, ya en un área del hospital, su cuerpo colapsó. Murió de una embolia pulmonar, la misma condición que el personal había decidido no tomar en serio. La propia enfermera admitió ante el tribunal que no sabía por qué le había dado una mascarilla desconectada, y reconoció que no debió hacerlo.
