El monitor mostraba lo de siempre: una pantalla en blanco y negro, el perfil borroso de una bebé que todavía no conoce el mundo. Lia Oliveira estaba recostada, su pareja se inclinó sobre su pancita y susurró: “Buenos días. Feliz sábado. ¿Tienes hambre?”


Nadie en esa sala de Canadá esperaba lo que pasó después. En el instante exacto en que el papá se alejó para mirar a los demás, la boca de la bebé se curvó hacia arriba en la pantalla. Una sonrisa, ahí, dentro del útero, como respuesta directa a la voz de su padre. La hermana de Lia alcanzó a grabarlo todo con el celular.

El cuarto entero soltó un grito de emoción y le pidieron al futuro papá que no dejara de hablarle. Lia dijo después que quedó “completamente abrumada” y lloró de felicidad ahí mismo. La llama su recuerdo más profundo, el que atesorará para siempre. Y aunque la ciencia todavía debate cuánto entienden los bebés en el vientre, ese gesto diminuto en una pantalla borrosa fue suficiente para conmover a millones de personas alrededor del mundo.
