Tenía 19 años y jamás había menstruado. Le parecía extraño, pero no le dio demasiada importancia hasta que su pareja, tras un año de intentos sin éxito, empezó a preocuparse por una posible infertilidad.

En la consulta ginecológica todo parecía normal a simple vista: estatura alta, senos completamente desarrollados, genitales externos femeninos. Pero el examen físico mostró vello púbico escaso y un fondo vaginal corto, sin cuello uterino palpable. La ecografía terminó de inquietar a los médicos: no había útero ni ovarios en ningún lugar de la pelvis.

Los análisis de sangre revelaron testosterona de 650 ng/dL, niveles propios de un hombre, junto con LH y FSH elevadas. El cariotipo confirmó lo que nadie esperaba: 46,XY. Una resonancia magnética localizó estructuras ovaladas alojadas cerca de los canales inguinales, testículos no descendidos, escondidos dentro de un cuerpo que había crecido y se había desarrollado como el de cualquier mujer.

