Dos fotos, dos décadas, la misma cara.
Una joven de 22 años subió a Instagram su retrato junto al de su madre a los 20, tomado a principios de los 90, y no hizo falta ningún filtro para notar el parecido. Mismo peinado, mismos pómulos, misma forma de mirar a la cámara. La estructura del rostro se repetía casi milimétricamente, como si tres décadas no hubieran pasado entre una fotografía y otra.

El hilo se llenó de comentarios de gente que juraba haber confundido a la madre con la hija a primera vista. Otros bromeaban diciendo que ahí estaba la prueba de que la genética no perdona ni un detalle. Lo que empezó como una publicación nostálgica terminó convertido en un pequeño estudio colectivo sobre cuánto de nuestra cara ya estaba escrita antes de nacer.
