Jennifer Hiles tenía unos 12 años cuando le diagnosticaron una malformación arteriovenosa.

Su familia creía que era una marca de nacimiento, pero fue creciendo y la mitad de su rostro terminó marcada por conexiones anormales entre arterias y venas que podían provocarle una hemorragia fatal en cualquier momento. Pasó por varias cirugías fallidas, soportó el acoso en la escuela y aprendió a vivir con las miradas ajenas.

Hoy, con 39 años, esta madre de dos hijas viajó desde Dakota del Sur hasta Nueva York junto a su esposo, Dustin, para intentarlo una vez más. Durante ocho semanas llevó bajo la frente y la mejilla expansores de tejido llenos de solución salina, como implantes mamarios, pero en la cara. Cada semana los inflaban para que creciera piel nueva. El 18 de mayo se los retiraron junto con la malformación, y desde entonces pasó cuatro meses bajo vigilancia médica, con seis cirugías menores.

Cuando despertó, pidió que le tomaran una foto: su rostro se veía libre de la malformación y no podía creer que fuera ella. La recuperación no fue fácil: parte de la piel de la mejilla derecha comenzó a necrosarse y la malformación empezó a reaparecer bajo la nariz. Los médicos creen que seguirá creciendo, pero podrán controlarla, y Jennifer ya no corre riesgo de morir desangrada. Aún le esperan más cirugías, y su deseo es simple: “No quiero ser perfecta, solo normal”.
