
Tiffany Alberts tenía acceso total a la habitación de su hijo en el Hospital Riley para Niños de Indianápolis. Nadie sospechaba de ella porque era su madre.
El adolescente, de 15 años, luchaba contra la leucemia cuando empezó a desarrollar infecciones de sangre, sepsis, vómitos y diarrea sin explicación. Los médicos analizaron las muestras y encontraron bacterias que normalmente solo existen en materia fecal. Instalaron una cámara oculta en el cuarto y ahí quedó grabada Alberts manipulando una jeringa sobre la vía central de su hijo. Primero dijo a los investigadores que solo inyectaba agua para “enjuagar” porque la medicina le ardía. Después admitió la verdad: guardaba heces de su propio hijo en una bolsa de regalo en el baño del hospital, y las usaba para que lo trasladaran a otra unidad.
Las infecciones obligaron a suspender la quimioterapia casi dos meses, tiempo que ningún paciente de cáncer puede darse el lujo de perder. El joven sobrevivió a las infecciones severas y logró recuperarse. Sin embargo, su estado de salud estuvo gravemente comprometido. En 2019 un jurado la absolvió de intento de asesinato, pero la condenó por seis cargos de agresión agravada y uno de negligencia. La sentencia: siete años de prisión y cinco de libertad condicional.
