Nazar tiene 12 años y pasó los últimos tres luchando contra una leucemia y una insuficiencia cardíaca que apenas le dejaban respirar. Su única salida era un trasplante de corazón, algo que en Ucrania, por la contingencia, parece casi un milagro.

Ese milagro llegó gracias a una madre que acababa de perder a su hija. En vez de cerrarse al dolor, tomó una decisión que cambiaría la vida de un desconocido: donó el corazón de la niña.

Meses después, en el Primer Centro Médico Territorial de Lviv, pidió algo que pocos se atreverían a pedir: conocer a Nazar y escuchar, una vez más, los latidos de su hija.

Cuesta imaginar ese instante sin que se te apriete el pecho. “Estaré agradecida contigo el resto de mi vida”, le dijo entre lágrimas. Un corazón que dejó de latir para una madre, sigue latiendo para otra vida, y en medio de tanta pérdida, esa es la prueba de que algo puede seguir creciendo.
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