
Las amenazas llegaban con una precisión aterradora.
Entre diciembre de 2015 y junio de 2017, Amanda Playle, vecina de Sussex, Inglaterra, empezó a recibir mensajes de alguien que parecía saber exactamente dónde estaba y qué ropa llevaba puesta. El remitente le enviaba incluso fotografías suyas en público, tomadas sin que ella lo notara. Una de ellas, en el aeropuerto de Gatwick. Cuando acudió a las autoridades, la policía rastreó los correos hasta el origen y encontró algo que nadie esperaba: algunos habían salido del router de su propia casa.

El acosador era Paul, su marido. Se había hecho pasar por un exnovio del colegio para atormentarla y, mientras tanto, la consolaba como si él también fuera una víctima. Hasta le escondió el pasaporte para impedir que viajara de vacaciones con amigas. Lo delató una cámara de seguridad de Gatwick y, tras el juicio, un jurado del tribunal de Lewes lo declaró culpable de acoso y conducta coercitiva y controladora en menos de 30 minutos.

El 24 de enero de 2018, Paul Playle fue condenado a tres años y medio de prisión. Primero, Amanda perdió la confianza en quien dormía a su lado. Después, tuvo que sostener a sus hijos mientras todo salía a la luz. Pero la condena no borró lo ocurrido: el hombre al que había creído conocer durante años había sido, en realidad, quien convirtió su propia casa en el lugar del que debía sentirse a salvo.
