
Nguyen Thi Hue tenía 42 años y una sentencia de muerte cuando decidió que su cuerpo sería la última apelación posible.
En 2012 la habían arrestado por tráfico de sustancias ilícitas en Vietnam, y en 2014 un tribunal la condenó a la pena capital. Pero la ley vietnamita tiene una grieta precisa: prohíbe ejecutar a mujeres embarazadas o con hijos menores de 36 meses. Hue lo sabía, y en agosto de 2015 pagó 50 millones de dongs —unos 2.200 dólares— a Nguyen Tuan Hung, otro preso de 27 años, a cambio de su semen.
El material se movió dentro de la cárcel de Quang Ninh en jeringas ocultas dentro de bolsas plásticas, en dos entregas distintas, hasta que ella logró inseminarse a sí misma. Cuando el embarazo se confirmó, la sentencia de muerte se transformó en cadena perpetua, y cuatro funcionarios de la prisión terminaron destituidos por negligencia.
El bebé finalmente nació en mayo de 2016, y Hue evitó la ejecución al mantener su condena de cadena perpetua. Así, el hijo que concibió dentro de una prisión terminó siendo también la razón por la que logró conservar la vida.
