Esther Masschaele, una mujer de 80 años, vivió una experiencia aterradora mientras caminaba por un cementerio de Ostende, Bélgica, el 11 de abril de 2025.
La anciana recorría el camino que utilizaba habitualmente para ir de compras cuando recibió un fuerte golpe en la cabeza que la hizo caer al suelo y perder el conocimiento.

Al despertar, descubrió que tenía los pantalones y la ropa interior bajados hasta los tobillos. Un menor estaba encima de ella y, aunque intentó defenderse, no consiguió apartarlo.
El agresor huyó cuando vio acercarse a unos ciclistas. Esther sufrió hematomas en el cuello y los codos, además de una protuberancia en la cabeza.
“Me sentí profundamente avergonzada, me sentí sucia”, confesó al periódico Het Nieuwsblad. La vergüenza fue tan intensa que inicialmente no quería llamar a la policía.

El sospechoso, de apenas 12 o 13 años, fue detenido y llevado ante un juez de menores.
Sin embargo, la justicia decidió dejarlo en libertad bajo condiciones, cuyos detalles no fueron divulgados.
La decisión provocó indignación y abrió un debate sobre cómo debe actuar la justicia cuando un sospechoso de violencia sexual es todavía un niño.
