
Rambo no es un perro. Es un caimán de 56 kilos que vive como si lo fuera.
Mary Thorn, de Lakeland, Florida, lo rescató hace más de siete años cuando medía apenas un pie de largo. Hoy supera los 6 pies, duerme en su cama, come junto a ella en la mesa y hasta se sube a motocicletas y se sienta en cuatrimotos como si fuera su copiloto favorito. Usa ropa no por capricho, sino porque su piel quedó sensible a la luz solar después de haber pasado sus primeros meses encerrado en un tanque oscuro.

El problema llegó cuando las nuevas reglas de vida silvestre exigieron 2.5 acres de terreno para tener un caimán de ese tamaño en casa — algo que Thorn no tiene, y que tampoco serviría porque Rambo no puede vivir al aire libre. La Comisión de Vida Silvestre de Florida abrió una investigación mientras ella insistía en llevarlo a escuelas y eventos benéficos, jurando que lo entrenó para no morder a nadie. Meses después, la ‘mamá gatora’ logró lo que parecía imposible: se quedó con su caimán motociclista.
