En Manila, una mujer compró una figura verde en una tienda cualquiera. Algo en esa cara le pareció serena, sabia, casi iluminada. Decidió que era Buda y así la trató durante cuatro años: velas encendidas, rezos cada mañana, favores pedidos con los ojos cerrados.

Nadie en su casa cuestionó nada. La fe no pide certificados de autenticidad. Hasta que un amigo la visitó, miró la figura con más atención de la que ella nunca tuvo, y soltó la frase que le cambió la devoción: eso no era ningún Buda, eran las orejas puntiagudas de Shrek.

Cuatro años de incienso dedicados sin saberlo a un ogro verde de DreamWorks. La historia se volvió viral en redes por obvias razones, y ahora medio internet se pregunta lo mismo: ¿cuántos favores le habrá concedido Shrek sin que nadie se enterara?
